Pensando a la inversa

 

Una vez, alguien al que no se le pone cara, ni nombre, ni creo que esté registrado en los anales de la historia o prehistoria, se le ocurrió pensar. «Se le ocurrió pensar»; esta oración parece que encierra un impulso anterior al acto mismo de pensar… pero voy a volver a donde estaba. El caso es que pensó cómo hacer algo, cómo hacer una cosa. Y parece ser que ello dio unos resultados, desconozco si deseados o no. Lo cierto es que, a raíz de ese primer pensamiento de cómo hacer las cosas, se le ocurrió otro pensamiento en el que decidía que así era como tenía que hacerse esa cosa. Y, entonces, esa costumbre empezó a extenderse. Otros hombres y mujeres pensaron en el modo de hacer otras cosas y también decidieron que esa era la forma correcta de llevarlas a cabo.

Parece como si el pensamiento tuviese su inercia o impulso hacia fuera, hacia el exterior, como si su modo de expresión quedase latente o patente delante de nuestras narices. Por decirlo de alguna manera, es como si fuese hacia delante, siempre. Y cuando digo hacia delante no me refiero al concepto del tiempo, sino a la dirección del mismo, al rumbo o, mejor dicho, a la impresión de ello.

Y es que nos hemos habituado a la linealidad, a una trayectoria fija en la que no cabe ni por asomo plantearse si tal vez la dirección del pensamiento no fuera al contrario. Y ya para rematarlo del todo, que no hubiese dirección.

Por ahí circula un texto de Quino, en donde comienza diciendo que «La vida debería ser al revés. Se debería empezar muriendo y así ese trauma está superado…». Pero, ¿y si fuera así? ¿Y si empezamos muriendo y marchamos de este mundo en un gran orgasmo? ¿Y si morimos con cada cambio, con esos cambios que nos hacen sentir ese «me parece que es otra vida» y nacemos en cada clímax de alegría o emoción? ¿Y si realmente fuese un hábito el pensar que todo sigue un curso porque alguien, una vez, hace mucho muchísimo tiempo pensó que así debían de ser y de hacerse las cosas? ¿Y si estuviéramos equivocados?

El poder de la costumbre, la fidelidad a la tradición nos han convertido en lo que somos, unos seres con una inimaginable capacidad de creación y que, dependiendo de cómo se gestione, también de destrucción. Porque llevamos milenios pensando cómo son las cosas y nunca nos lo hemos cuestionado con contundencia. El Universo funciona de un modo pero el pensamiento, la mente, lo concibe a su manera. Sin embargo, me da la sensación de que el Universo nos mira con rostro enternecido y una ligera sonrisa benevolente mientras se dice: «Pero, qué entrañables son…».

 

 

Pensar a la inversa es como entrar en sintonía con un agujero negro; es abrir la consciencia a un universo “in-creado” aún, que forma parte (o no) del que arcaicamente conocemos, o del que nos hacemos “un pensamiento”. Pensar a la inversa descubriría muchas incógnitas, abriría las puertas a muchos momentos “¡Ahá!” que probablemente no interesen, ya que mantener la homogeneidad mental es clave para un mundo en donde el sometimiento, la ley del “dominador-dominado” sigue vigente después de tres millones de años de existencia sobre la faz de la Tierra.

No me cabe la menor duda de que los grandes momentos de descubrimientos, los instantes de entendimiento máximo o de consciencia (un satori, por ejemplo), la solución o aclaración de un problema, el hallazgo de una respuesta y otras manifestaciones trascendentales son posibles por el pensamiento a la inversa. No utilizar la mente como habitualmente lo hacemos e incluso hasta el no pensar. Porque emplear la reserva psíquica de patrones y programas adquiridos o aprendidos, por medio de la fidelidad familiar y cultural y los incorporados desde circunstancias personales en donde el miedo en todas sus manifestaciones haya sido el mentor, siempre nos llevarán a salir de nosotros mismos para entender la realidad como un conjunto de dramáticos acontecimientos que tienen lugar en frente nuestro. Y que por ende, continuaremos actuando y reaccionando como ya lo hicieran nuestros antepasados homínidos.

Básicamente, no somos diferentes a nuestros primeros ancestros. Y, de hecho, no es nada malo en un contexto moral. No así para nosotros mismos como especie. Luego de tantísimo tiempo pensando como lo hiciéramos la primera vez, a la vista está que las circunstancias nos invitan de una manera grácil y meridiana a contemplarlo todo ya no desde otra óptica, sino desde una nueva mente en donde entender que, el golpe que me di en la rodilla no fue por mi mala pata sino tal vez porque mi exceso de rigidez me está conduciendo por un camino que no es el mío y no está siendo beneficioso, o que me encanten los hoyitos que se te forman en la cara cuando sonríes porque me recuerdan a los que yo tengo al final de mi espalda, o que cuando decido rendirme ante un obstáculo porque ya no puedo más en el lugar del obstáculo entonces hay una puerta. Una mente que conciba que absolutamente todo está en todo. Una mente que juegue a todas las posibilidades porque nada está determinado. Una mente que no descarte sino que integre. Una mente que sonría porque aunque no vea sabe que sí puede creer. Una mente que deje de ir hacia fuera para “entrarse” y sentir que es sabia no por pensar, sino por comprender.

 

“La mente que se rige por el Ser no razona; ya sabe.”

Ermelinda

 

 

También puedes leer: Si fueses pájaro lo entenderíasde David Testal (Fuente: David Testal, https://www.davidtestal.com/)

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