Onirismos y otras realidades

Sueños no soñados

Me zambullí al cielo, una noche de primavera tardía. Estaba entusiasmada, como nunca antes. Es más, hasta ese instante no sabía lo que era el entusiasmo. Siempre tan centrada en estar lineal, en ser lineal. Sin embargo, aquella noche, pertrechada de mi neopreno de piel cósmica y mi fusil de viento, me lancé a la captura de sueños, a la caza de motivos…

Todo el mundo le entrega a las estrellas, sobre todo a las fugaces, sus anhelos, sus más hondos y hasta desconocidos deseos. Le envía sus pedidos a la materia oscura, al espacio lejano, ese que no se puede tocar, lo mismo que sus sueños.

Supongo que por eso los lanzan allá abajo o allá arriba. Porque no tienen ni idea de cómo diantres podrán concretarse y si será posible su concreción. Pero de eso se encarga el Universo, que sólo de conciencia y no de pensamientos está hecho.

Y el pensamiento es un obstáculo cuando las personas persiguen sus sueños.

Dejando a un lado la filosofía del ser humano, y volviendo a mi zambullida, ahí penetré en las profundidades de lo evidente, buceando alegre por ese fluido inteligente, viendo el colorido de los miles de millones de deseos moviéndose prestos, de un punto a otro, creándose y destruyéndose a sí mismos. Mi curiosidad me arrastró a uno de ellos, azul. Cuando me disponía a enlazarlo con mi fusil, me percaté de que no se movía. Y lo cogí.

No tenía nombre, ni dueño. Ni siquiera tenía significado. Y ahí mi alegría se tornó en tristeza. ¿Cómo era posible un sueño no soñado? Lo volví a dejar en donde estaba. Y seguí encontrando sueños no soñados, sueños no pedidos, sueños no formulados, sueños huérfanos, sin origen, sin rumbo y sin destino.

Desconcertada, subí a la superficie. Me agarré como pude a un saliente y con impulso, salí del fluido. Mientras caminaba iba escurriendo el exceso de materia líquida. Aún seguían adheridos a mí algunos colorines oníricos que, al contacto con la realidad rápidamente se apagaban. Me senté en una roca; solté el fusil y, bajando la cremallera del neopreno, saqué los brazos.

—¿Qué está ocurriendo? —pregunté al éter.

—Lo normal —me respondió imperturbable—. Las personas ya no quieren creer.

—¿Cómo que ya no quieren creer? He visto sueños vacíos, sueños abandonados. Alguien tuvo que crearlos primero…

—Las personas sólo creen lo que ven. Por eso, cuando alguien desea algo se enuncia el sueño. Sin embargo, no están dispuestos a creer en ellos. Entonces, no se crean.

—Y, ¿cuál es la solución? —volví a preguntar, temiendo que cansase al éter con mi asedio.

—Leer a Paulo Coelho.

 

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