La resistencia, ¿fortaleza o debilidad?

 

Cuando pronuncio la palabra resistencia una especie de lluvia de hojitas de laureles parecen decorar la secuencia. Porque la resistencia suele emparejarse a actos heroicos, a luchas sin tregua por lograr un objetivo, a éxito frente a las adversidades, a musculosas mentes, impertérritas y de semblantes agotadamente satisfechos. La resistencia laureada en verdad tiene otro nombre, perseverancia. Y no tiene nada que ver.

La resistencia; ese parón en el flujo de la energía, que se va acumulando y volviéndose cada vez más y más duro, la decisión de estancarse en un mismo punto hasta la trasmutación controlada (o no) del imparable fluir de la vibración que está por encima de todo…

Porque, aunque la resistencia requiera que todo se detenga, el impulso natural de ese Todo es seguirse moviendo. La resistencia es una especie de fuerza psíquica, opuesta y estática que el ser humano puede sentir como una dificultad, si la mente interpreta que lo que se resiste se encuentra en el exterior. Un obstáculo que parece que viene a trastocar los planes o el rumbo de sus intenciones. Sin embargo, la resistencia que se percibe fuera como un sabotaje al natural curso del camino es como la sombra de cada uno, que se proyecta visualmente en el exterior pero que lo que refleja es el propio cuerpo.

Así también, las resistencias tienen su origen en el interior del ser humano, aunque cueste creerlo y toda percepción indique que se deba a un evento que escapa a su control. Algo que se nos resiste no es algo que esté equivocado, que no sea para nosotros, que debamos evitar… En toda resistencia existe una valiosa fuente de información sobre nosotros mismos ya que pone de manifiesto esos puntos en donde es preciso trabajar. Descubrimos que una de las maneras de hacer cosas distintas es precisamente tomando la ruta de comprender por qué creamos nuestras resistencias y averiguar qué nos quieren enseñar.

Nos resistimos porque nos hemos acostumbrado a hacer las cosas de una determinada manera, la cual nos ofrece unos beneficios medianamente satisfactorios. Entonces, acotamos nuestras experiencias resistiéndonos a otras formas de proceder porque tenemos miedo de que, el aparente equilibrio que pensamos tener garantizado en nuestra maravillosa zona de confort, pueda verse amenazado ante una apertura de miras.

Si observáramos el asunto desde una óptica neutra, esas vicisitudes que en un primer momento nos causan resistencia nos mostrarían que, en realidad, ahí existe una aptitud en potencia que únicamente se encuentra ensombrecida y debilitada por nuestro conjunto de creencias adquiridas y que la misma inercia nos anima a evitar. Un ejemplo típico de ello es el de aquel alimento que, sin probarlo, aseveramos que no nos gusta. Y nos resistimos a darle un bocado. Pero incluso habiendo probado algo que efectivamente no nos gustó, podría suceder que con el acontecer de la vida y habiendo superado resistencias sin ni siquiera darnos cuenta de ello, llegásemos a sorprendernos por sentir satisfacción ante lo que a priori detestábamos.

¿Qué pasaría si en vez de resistir algo permites que ese algo te revele?

Y es que, las resistencias no son en verdad como roques de granito inamovibles. Su dureza depende únicamente de cuán inflexibles seamos con nosotros mismos y con la forma de entender la vida.

Decir «se nos resiste» en verdad es «estoy resistiendo». Porque, al fin y al cabo, la vida no nos vive, es la mente la que procesa la vivencia misma. Se me resiste esta asignatura, se me resiste este trabajo, se me resiste este ejercicio, se me resiste esta persona, se me resiste poder aparcar a la primera, se me resiste ser más optimista… ¿Qué queremos evitar que suceda en nuestra vida tratando de detenerlo? Mera supervivencia.

Todas y cada una de las resistencias que consciente o inconscientemente van acordonando nuestro camino por la existencia contribuyen a erigir el edificio en el que estructuramos el concepto de nosotros mismos. Son los adjetivos con la polaridad invertida o la sombra de nuestras destrezas. Son el segundo miembro de la dualidad que nos caracteriza y de la cual depende el ego para entender la vida como cada uno la entiende. Por fidelidad a ello nos resistimos hasta a lo que sabemos que nos puede reportar beneficio, bienestar, esplendor, placer…

Sin embargo, es posible vivir sin la necesidad de tener que sobrevivir el cien por cien del tiempo. De hecho la calidad de vida aumenta soltando las resistencias. Y no se trata de abrirle la jaula al monstruo que cada uno imagina para que atente contra todo lo que pensamos que hemos llegado a ser. Pensar así sería igual que negar que algo nos guste sin haberlo probado primero, es decir, otra resistencia más en relación al modo en que nos vemos. Soltar las resistencias supondría un emerger, un salto cuántico al ser que somos; supondría una profunda relajación para el cuerpo. Una liberación en toda regla que nos daría la oportunidad de redescubrir qué somos en realidad. Ahora bien: ¿estarías dispuesto a dejar libres las resistencias para que te enseñen todo lo que eres?

 

 “En vez de «resistencias» llámalas «potencialidades»”

Ermelinda

 

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