A solas con la fe

 

«Si no lo veo, no lo creo», me dices de esa forma tan altiva. ¿No te cansas de ser tan descreído? ¿No te pesa generar tanta racionalidad en la cabeza? Crees que yo soy el que hace todo mal, que tengo la culpa de que el hastío por la vida, por tu vida se haya instalado en tu procesador central. Y además crees que yo soy la causa de que hayan desaparecido tus ganas de mejorar esa condición tan insulsa y carente de sentido. Mira el lado bueno; por lo menos te has percatado de que ya no hay vida en tu vida. Y eso que tú eres de los que no ven más allá de sus narices.

Sabes perfectamente que por mucho que te empeñes esto no es vivir, lo sabes. Y paradójicamente me empujas constantemente a “desvivirme”. ¿No te das cuenta de que, si yo no vivo, tú tampoco, zopenco? ¿Acaso no ves que tú no das frutos sin las escuetas incursiones de la confianza en lo que no se ve? ¿Cómo podría ser todo si sólo te guiases por lo que ves? Cuando plantas una semilla, ¿te pasas todo el tiempo hurgando la tierra para que brote?

¿Sabes qué? Estoy tan harto de tus constantes exhortos, estoy tan hasta la coronilla de que me obligues incesantemente a hacer, estoy tan hasta los mismísimos de que me amenaces con carencias y miserias y desgracias y desdichas si no soy como tú eres que he llegado al límite de mi superficie. Y no soy más que un saco de huesos, carne y piel que no ve nada más. Y, ¿sabes por qué, verdad? Porque me he quedado ciego. Me has hecho creer que «si no lo veo, no lo creo»; y, evidentemente, tu decreto se ha hecho realidad. No veo, ya no veo nada. Pero es en el propio límite, el límite de tu empuje, ese en el que te ves atenazado por la autodestrucción, cómo me descubro a mí mismo. Vacío, como un lago extinto, como el exterminio de un meteorito, como una taza de café a la que sólo le quedan las borras resecas en el fondo. Y tan vacío y tan ciego que ahora empiezo a ver, lo voy viendo. Sí, lo veo todo claro. No es gracias a ti como me he mantenido a flote, que si no fuera por algo llamado fe, que tan tímidamente palpita en el fondo de tu pesada apariencia, no estaría ahora aquí diciéndote un par de verdades.

Te duele, lo sé. Lo sé porque haces que me duela a mí, para que me entere. Y también sé que ahora me vendrás con el clásico «todo esto lo he hecho por ti». Créeme, no lo has hecho por mí. Lo has hecho por asegurar tu supervivencia, tu hegemonía.

Pero yo no quiero sobrevivir, quiero vivir. Y la elijo a ella. La fe no pide nada a cambio, no me obliga a deberme a nadie, ni a nada. No me empuja a ponerme a prueba, ni pone condiciones a mi ser. No me menosprecia por no alcanzar un objetivo subjetivo, ni me abandona a mi suerte. Ella no fuerza, ni castiga. No trata de convencerme de que el camino de los demás es el correcto, sino que me muestra dónde reside la libertad de escoger para que se revele el mío.

No tiene un rasero o una vara de medir, porque para la fe no existe un “otro” que no sea tu “yo mío” proyectado en tus miles de sombras. No se empeña en establecer marcas territoriales, ni fronteras humanas, ni límites porque no existen si no se crean, y ella sabe que no existe tal necesidad. No programa, ni planea, ni especula, ni memoriza, ni se preocupa, ni se asusta… Ni pone sobre mis hombros dichas acciones, para que yo haga el trabajo sucio.

No me pide que me abandone a cambio de un ídolo con forma de dios todopoderoso que dirige nuestros pasos y que sobrevuela nuestras cabezas asegurando sus hilos en nuestras extremidades.

Que, ¿cómo estoy tan seguro de que todo esto es verdad? Porque cuando tú me abandonas ella es todo lo que soy.

 

“La fe en mí es mi confianza al mundo.”

Ermelinda

 

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