El derecho a elegir

 

Cada vez que escucho expresiones como, «la cosa no está para elegir», no puedo evitar que se instale en mí la desesperanza. Sentir a la humanidad tan convencida de creer que algunas de las cosas que suceden han sido producto de la arbitrariedad de un Universo ajeno a ella, tan convencida de que, del mismo modo, no hubo opción ante lo que ahora se está presentando y que sólo resta resignarse es atrozmente descorazonador.

En este caso quiero hacer alusión a la tendencia alarmista que se extiende cuando se genera una crisis, en la que se supone que hay que “coger lo primero que pillas”, sin ni siquiera plantearse la posibilidad de tomar un tiempo para valorar si es eso lo que realmente se desea.

Cada vez que silenciamos nuestro ser con un «no queda otra, es lo que hay» alimentamos la decepción por nosotros mismos y por el mundo al reforzar la creencia de que no tenemos el menor atisbo de autoridad en nuestra vida; fortalecemos la idea de que, con los tiempos que corren, no tenemos derecho a elegir. Y finalmente descartamos toda posibilidad de elección pues dicha creencia estará tan arraigada que, profundamente convencidos, sentiremos que no nos merecemos elegir.

Y así, vamos “mediocrizando” la existencia que se gesta con nuestros actos, fruto de la convicción que se forjó al elegir conformarnos. Porque, aunque «la cosa no esté para elegir», tomar lo primero que se nos pone delante por miedo a perder una oportunidad, ya es una elección.

Es entonces cuando, con el transcurrir del tiempo, nos vamos dando cuenta que ese trabajo no nos hace sentir productivos, nos vamos dando cuenta que esa profesión no saca lo mejor de nosotros, nos vamos dando cuenta que esa posibilidad de negocio no sólo no nos estimula sino que además deja pérdidas, nos vamos dando cuenta que estar con esa persona no nos satisface… Pero en nuestra defensa lo justificaremos con un irresponsable y contundente «habrá que resignarse porque la cosa no está para elegir».

Los acontecimientos que acompañan el no elegir conscientemente lo mejor, lo que nos merecemos por derecho natural, testifican a nuestro favor, dándonos la razón  de que, efectivamente, la vida es cruel, lóbrega y miserable. Tanto es así que lo más comprensible es creer que la vida nos trata mal, el karma la tiene tomada con nosotros o jamás mejorará nuestra suerte. Nada más lejos de la realidad; tremenda equivocación pensar que el ente que actúa en nuestra contra está fuera de nosotros mismos, ya que lo ilógico sería que nuestra vida fuera viento en popa con un mantra como el de «la cosa no está para elegir».

Independientemente de la etapa coyuntural por la que se pase, siempre hay elección y la elección lleva adosada la responsabilidad de lo que se elija, sea que se opte por lo mejor o por lo peor para nosotros.  No hay que confundir la revisión de valores que una crisis supone con la conformidad ante lo que sea por creer que no valemos tanto como para merecer siempre lo mejor.

Cuando comprendamos que lo que nos da la vida ha sido íntegramente responsabilidad nuestra y lo asumamos, entenderemos que la vida no nos trata mal: lo hacemos nosotros al infravalorarnos. Entenderemos que el karma no la tiene tomada con nosotros: actuamos alejados de nuestra verdad. Entenderemos que mejorar nuestra vida no es cuestión de suerte: es cuestión de tomar decisiones basadas en nuestro propio diseño.

 

“Aunque las apariencias te convenzan de lo contrario, siempre puedes elegir lo que es digno de ti”

Ermelinda

 

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