Onirismos y otras realidades

El sonido del viento

No sólo es por la noche. Por el día, el viento trae sonidos dispares, lejanos. Los que más me atrapan son el sonido de las turbinas de los aviones que, en los días del estío, el aire cálido y seco del este desliza a través del espacio, y el contraste sutil con el sonido de unas finísimas campanas de viento, con sus tubitos metálicos marcando su cometido, su propósito gracias a la guía del vaivén del alisio.

Este último sonido, que traduce el lenguaje del propio viento a melodía, da un toque místico, da un toque “élfico” a mi impresión del instante. Un halo de magia sensorial que transporta mi alma a su lugar de origen, a su dimensión original, a su hogar. Un hogar que se encuentra allende los confines del cielo anaranjado por la calima, allende el azul mirado, producto de una graciosa percepción de la luz entre el cosmos y el agua del mar, allende el Sol, allende las galaxias estudiadas.

El tintineo inocente, el tintineo vivo y libre, el tintineo genuino; sólo él y su modo de expresión puede darle la vuelta a la interpretación del Universo, a la impresión de lo sentido. Un sonido pequeño y curioso, un idioma prístino y conciso que parlotea con Eolo por medio de algoritmos y códigos de vibración que, aunque mucho se estudien y se desglosen al lenguaje de la mente, sólo ellos entienden, sólo ellos viven.

Un sonido sin tiempo, sin fecha. Una vibración tan pura que se mueve a través del espacio – tiempo, cuando todo era antiguo y extraño, o mejor dicho, cuando todo era joven e ignoto y que danza de un extremo a otro de la línea psíquica del acontecer de los momentos sin tener en cuenta ese detalle. Porque el tiempo no existe para el sonido, que es sin tenerlo en cuenta y no lleva la cuenta de su duración.

Por no tener no tiene ni la identidad de esas campanas de viento; él sabe perfectamente que son sólo un instrumento para su experiencia, para su propia experimentación. Y lo mismo ocurre con el rugido de las turbinas de los aviones que se desliza sinuoso y como en torbellinos hasta mis oídos, atravesando al aire con calima que trae el viento del este.

 

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