Cuando las emociones difuminan la objetividad

 

Tanto es así que aquí se podría volver a aplicar el dicho de “no hay más ciego que el que no quiere ver”. Ya podemos nadar en la abundancia que, si las emociones desvían nuestra conciencia, no veremos más que el punto en el que está fija nuestra atención.

Cuántas veces me habré visto condenándome por este motivo, con un monólogo poco halagüeño en donde me pregunto de dónde nace tanta ingratitud. ¿Cómo es posible que, con los recursos que me rodean, siga sintiendo que me falta algo, que mi experiencia vital no está al cien por cien, que es el tedio mi compañero fiel de camino y sea él mismo el que no me permita sentir con consciencia lo maravilloso que existe? ¿Cómo es posible que del exceso que hay, de la exuberancia que caracteriza estos tiempos, no sea capaz de dar botes de alegría, de vivir en la constante sensación de equilibrio? ¿Cómo es posible que, de lo mucho por fuera, no haya nada por dentro?

Y es la condición humana, que experimento en mí y que veo en los demás. Porque es condición humana sentir el vacío existencial, que no lo solventa lo mucho que se tenga, lo mucho que nos rodee, lo mucho que seamos por definición del ego, los muchos que nos rodeen, las muchas cosas que a cada instante se ansíen, se busquen o se luchen.

No todos serán conscientes de este evento interno, de este algo mal puesto que se nota sutilmente en lo más profundo de nuestro tino; unos seguirán inmersos en su búsqueda del hallazgo que solucione sus carencias, otros se cuestionarán por qué sienten que les falta algo, otros se preguntarán cómo ser más agradecidos y cultivar el conformismo en época de vacas flacas, otros, ya conformados, se preguntarán cómo zafarse de los grilletes del dominio mental que les oprime y revelarse, otros… Ah… Hay tantos tipos de vacío existencial, tantas combinaciones de desdichas emocionales que no quiero ni siquiera darles forma en mi mente para exponerlas aquí.

Sin embargo, todas ellas tienen un común denominador: creer que lo de fuera es lo que determina cómo debemos moldearnos para así ser.

Es un poco como aferrarse a la norma de lo que se espera de mí es el sentido común. Después, cegados por ese imperativo generalizado, nos abandonamos al sentido común y se extravía nuestro ser, el auténtico. Y, entonces, se siente eso que se podría llegar a identificar como un vacío existencial.

Cuando llegas al punto de conciencia en el que te ves probando a desvestirte los ropajes del sentido común sabes legítimamente que no hay nada de peyorativo en no estar en línea con lo que te rodea porque, al fin y al cabo, desnudos vinimos y el poco tiempo que duró esa desnudez, experimentamos el éxtasis alegre de sabernos seres completos. La clave no está ahí fuera, pues cada acto de pleitesía que dirigimos al exterior crea los espejismos, y vemos donde no hay y corremos tras lo que no es real, alimentando de esta forma nuestra separación, nuestro vacío.

Un hombre conocido y muy destacado en su esplendorosa época, Protágoras, dijo que «el hombre es la medida de todas las cosas» y no estuve con él para preguntarle personalmente a qué se refería específicamente. Pero por permitirle una sana vibración a la conciencia, voy a tomarme mi libertad de elegir entenderlo de esta manera:

 

“Yo soy”

 

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