Onirismos y otras realidades

Un romance “dicotómico”

He visto dos ojos, caminando por la calle; parecía que no formaban parte del mismo sistema sensorial. Uno miraba al frente y el otro lo hacía al suelo. El primero llevaba las manos en los bolsillos y el otro jugueteaba con un padrastro imaginario en el dedo pulgar de su mano izquierda, tal vez para disimular el desconcierto de aquella situación.

Uno de ellos, el de la izquierda visto desde fuera, el de las manos en los bolsillos y el mismo que miraba al frente, se veía cansado, algo vidriado, como aburrido o hastiado de lo que le había tocado ver. Parecía avanzar hacia ningún lugar. El otro, el de la derecha, no se veía mejor. Ese a ratos abandonaba la panorámica del suelo para buscar algún punto en el espacio que le explicara por qué estaba como estaba. Tenía un ligero tono rojizo, a causa de esos pequeñísimos y finísimos capilares, y un brillo húmedo motivado tal vez por una triste contrariedad.

El ojo del lado izquierdo, impertérrito a primera vista y totalmente inconsciente al mar de fondo que se gestaba en su interior más profundo y olvidado y casi inexistente, caminaba liviano como si no prestase atención a su otra parte. Para él, era de otro mundo, de otra pasta y por ende, algo sin importancia. Un algo que no merecía ni su atención y mucho menos su comprensión. Jamás en la vida se había percatado de la existencia de algo que no fuese lo que pasase delante de sí mismo. Y ahora no iba a cerrar su párpado para navegar en la introspección y conocer esos mares tenebrosos que de sobra sabía que habría.

No así, el ojo del lado derecho, que no cabía dentro de su globo del maná de emociones que se aprestaba en contener como discretamente podía, se iba ahogando en su propio descontrol, igual que un mar rabioso no de rabia sino a causa de la tormenta, que no atiende a directrices, ni a protocolos, ni a nada que no sea la improvisación del rumbo de las propias emociones. Este ojo había cambiado su aspecto en el transcurso de aquel paseo casi tanto como el segundero del reloj del ojo del lado derecho se cambiaba de número.

Hoy he contemplado a dos ojos caminando por la calle; dos ojos casi idénticos. Y tan distintos, por no decir distantes, que pareciese no formar parte del mismo cuerpo, del mismo proyecto, del mismo propósito. Pero helos ahí, siempre juntos, caminando al mismo ritmo, sabiendo que el cometido del que tienen al lado es completamente desconocido para el otro y sin rebatirse que, de la justa tensión que cada uno ejerce, se crea el equilibrio.

 

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