No tengo espacio para tanta información

 

—Reviso todas mis cuentas sociales, las newsletter, reviso todos y cada uno de los foros de conversación de los temas que me interesan, que necesito saber, ojeo uno por uno todos los artículos y post de todas y cada una de mis páginas favoritas. Y cuando llego al fin al final de esa tarea, siento que a mi mente le falta información, que debería completar esos puntos que  quedaron suspensivos después de leer algunos artículos enteros, otros a medias, otros a saltos y otros sólo el título. Y entonces, reviso aquellos que quedaron latentes en mi retina por ver si tienen algún “tal vez te pueda interesar” o “artículo relacionado” para seguir sumando conocimiento.

Siento un ligero peso en la frente, más bien se sitúa sobre las orejas; pero parece que quiere dolerme. Uff… Lo veo venir. El peso está dando paso progresivamente a un dolor, ligeramente punzante y que se irradia sigiloso hacia el centro del cráneo para unirse con el del otro lado.

El caso es que, llevo tiempo tratando de hacerme con la información que necesito, que busco y que sé me va a servir enormemente. Eh… Me va a servir enormemente para, para… ¿cómo podría definirlo? Para dar con la clave ante cada evento al que tenga que enfrentarme. Sí, supongo que esa sería una explicación bastante genérica y englobadora.

Sin embargo, ahora que lo pienso, el tiempo que he invertido en ello no me ha dado los resultados esperados. Sigo sintiéndome desprotegida y carente de  los recursos con los que demostrarle a las circunstancias que soy capaz, que sé, que conozco el momento actual y sobre todo, sigo sintiendo que me falta información. Me falta información de lo que ya sé o creo saber. Tiene que ser cosa de mi cerebro: le falta espacio o por algún lado tiene un escape.

Y es que, hay tanta información, tanto por saber, que siento una especie de ahogo que va de la mano de una sensación de bloqueo cuando pienso que no puedo acceder a su totalidad. Aunque no es no poder por no poder, sino por no saber dónde seguir buscando. Y yo sé que hay más, lo sé perfectamente. —La joven hace una pausa manteniendo en sus pulmones el aire de la inspiración, mira a un costado a la vez que exhala—. Dios; recuerdo aquel tiempo en el que mi móvil sólo tenía letras y números y unos pocos caracteres más. Y sólo escribía en mayúsculas. Si querías enviar una flor, tenías que fabricarla con una arroba pegada a unos cuantos guiones. Qué ingenuamente novedoso era todo ese mundo de la tecnología, de la información. Hoy, si por un instante no va la conexión de la red wifi se instala en mí una incontrolable y avispada sensación de enojo.

¿Cómo podía vivir antes sin estar tan enganchada? Pues, al parecer, podía. Y de hecho, lo logré. Otra manera de verlo y otra manera de formular la pregunta sería, ¿cómo he llegado a esto? —se preguntaba la muchacha, cayendo en la cuenta de que su insaciable necesidad de más información era, en verdad, un callejón sin salida, un mal hábito, una adicción al saber. Cuando se observó a sí misma como una yonqui del conocimiento, una extraña sensación de consternación la llevó a apagar su portátil y a cerrarlo con delicadeza. No era normal que luego de devorar texto y más texto su ansiedad siguiera creciendo. No era normal que no sólo no supiera más que antes, sino que aquella sutil sensación de estancamiento psíquico fuese en aumento—. Ya entiendo por qué no sé más —se dijo a sí misma—. Porque el saber no siempre es conocimiento. De otro modo, permearía mi mente. Y ella es inteligente. Sí, lo es.

Y sintió un alivio fresco en su cuerpo, al comprender de forma innata que su mente no tenía ningún problema. Más bien todo lo contrario. La muchacha, en medio de su satori particular y como un dedo que presiona un interruptor para encender una bombilla, se sorprendió al reparar en que lo que ella consideraba con pesar un inconveniente de su mente para adquirir más sabiduría era más bien la extraordinaria capacidad de su cerebro para diferenciar qué es conocimiento y qué es sólo relleno. Entonces, la cabeza le dejó de doler.

 

“Porque aunque el dicho diga que el saber no ocupa lugar, hay saberes que no hacen falta.”

Ermelinda

 

 

También puedes leer: Sabiduría es también ignorar lo que no vale la pena  (Fuente: Valeria Sabater, en La Mente es Maravillosa, https://lamenteesmaravillosa.com/)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s