El gusto por complicarnos la vida

 

Comienzo este post con esa pregunta cansada por aparecer al final de tantas luchas que al final resultan fútiles y hasta cómicas. ¿Por qué nos gusta complicarnos?

¿Qué hay de atractivo en alterar el sentido de lo que ya tiene su sentido? ¿Qué nos motiva a… no, rectifico;  ¿qué nos empuja a hacer exactamente lo que, por simple lógica, es contrario al propósito, contrario a la naturaleza del primer movimiento? ¿Cómo resulta tan sencillo hacerlo más difícil?

No puedo evitar soltar un pequeño bufido de la media sonrisa que nace en mí al leer la última pregunta. Y es que, nuestro cerebro se ha habituado de una forma tan efectiva a esa contradicción que parecería una falta de respeto permitirnos la clara simplicidad de las cosas.

El culto al esfuerzo, a sufrirlo para ganarlo, para merecerlo, los sudores que brotan de la tensión, el bloqueo de la sangre mientras se detiene nuestra energía para iniciar el cambio patológico de dirección y toda esa absurda cohorte de escenarios que nos inventamos, sobre la marcha o no, para complicar lo simple.

Un maestro Zen, llamado Bokuju, habiendo sido preguntado sobre el secreto del equilibrio de su vida, respondió: «Cuando tengo hambre, como; cuando tengo sueño, duermo. Y, eso es todo».

Para la mente del ser humano, que se ha entrenado a conciencia para ostentar a lo externo a sí mismo, a lo lejano e inalcanzable, para ir siempre más allá de sus aparentes límites, reparar en la vastedad de lo simple puede resultar tan asombrosamente desconcertante como lo es ir a contracorriente. Y es que, detrás de esa innata inclinación de complicarse la existencia, se escuda el ego, de naturaleza superviviente pero no sencilla.

Como un fiel guerrero, cual caballero de honor, hará lo indecible para que sus obras sean rubricadas con motivo, con sangre, sudor y lágrimas si hace falta. Porque el ego será de todo, menos simple. De alguna manera tendrá que irse erigiendo el significado de su vida y bajo ningún concepto pueden quedar excluidos el sacrificio y la lucha, aunque para ello sea necesario llevarse la contraria a sí mismo. De otro modo, a falta de enemigos externos que le motiven, él se convierte en ellos.

Puede parecer absurdo, y en realidad lo es; sin embargo, esa afición por hacernos la existencia más difícil responde a la ficción que nuestra mente crea de nuestra vida. La creemos firmemente y cumplimos las premisas que tal desatino implica, si bien esto pasa por obviar la incoherencia en la que forjamos nuestro día a día.

Así, con la naturalidad de vivir des-centrados de nosotros mismos, vemos normal no comer cuando se tiene hambre y aguantar despiertos aunque se tenga sueño, reír sin ganas o hablar sin tener nada que decir, ir a donde no queremos y tragarnos el deseo de salir corriendo de algún lugar. Las jornadas no se adecúan al estado de nuestros biorritmos, el cuerpo se enferma y entonces, nos preguntamos por qué nos ocurre eso, por qué no nos sentimos bien.

Elegimos sin darnos cuenta complicarnos la vida; algo nos dice que debemos algo, que le debemos un esfuerzo al mero hecho de estar vivos. Vamos creándonos una deuda, no se nota mucho porque tenemos la excusa de que nos estamos esforzando. Pero la seguimos sintiendo ahí, ahí mismo, en lo más profundo y olvidado de nuestro tino. Y no se va. Un deber que creemos externo a nosotros, superior a nosotros y ya casi parece que se torna en culpa. La culpa de no saber que, en realidad, nos debemos a nosotros mismos; la culpa ciega de no saber que la deuda la tenemos con nosotros mismos por hacer difícil lo sencillo, por vestir con méritos sufridos lo que ya es digno por  naturaleza.

A la pregunta, «¿cómo hallo el equilibrio?»

El maestro Bokuju tenía la respuesta, tal como la tenemos todos, y esa fue su experiencia, así de simple. Y así de difícil, ¿verdad? Entonces, la pregunta más bien es: ¿realmente quieres estar en equilibrio?

 

“Entre la mente y el Ser, entre lo difícil y lo que es. Elige.”

Ermelinda

 

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