El orgullo o la adoración al atrezo

 

Un hijo que por fin logra convertirse en abogado, una hija que sigue los pasos de sus antecesores y se hace médico, un hermano político, un padre policía, un pariente cantante, una que ha publicado un libro…

Cualquier indumentaria que el sentido común considere lustrosa es el justificante perfecto para que el ego empiece a inflamarse, y además con razón, aunque en muchas ocasiones no le ataña directamente a nuestra persona.

Es curioso cómo refulgimos estrepitosamente  ante la apariencia de seguridad que otorga tener un motivo para estar orgullosos de algo o de alguien. Qué importancia se le da al simple hecho de figurar o cumplir un papel generalmente tenido en alta estima y valoración. Y cómo se nos va la vida en mantener el listón alto para seguir alimentando a ese majestuoso sentimiento, el orgullo, y así tener algo con lo que valorar nuestra existencia y no sentir los pies y el cuerpo levitando rumbo a la deriva más vacía si no hay un motivo vistoso  por el que valorarnos, aunque el mérito se lo lleve otro depositario.

Sin embargo, el orgullo, esa enorme corona de oro y piedras preciosas, es un atributo que el ego se otorga a sí mismo, y con derecho, porque puede y está bien visto. Como está bien visto, se permite abusar de dosis extras de esta placentera excelencia. Pero todo exceso tiene una lógica consecuencia.

El orgullo, que aparentemente es un solemne sentimiento, en realidad es otra de las facetas con las que el ego se vale para fantasearse, para parodiar a un Ser que ya es sublime por el mero hecho de ser, pero que el impulso ancestral lo obliga a querer destacar sobre el resto y así asegurarse un puesto que lo mantenga sobradamente a flote; lo necesita.

La cara más amarga del orgullo se descubre cuando se presenta la resistencia indispensable para conservar la imagen que nos hemos creado, ya sea de nosotros mismos o del que nos provea de este sentimiento. La inflexibilidad, la obcecación, la vanidad, no dar el brazo a torcer por miedo a parecer rebajado, indigno, débil, sin valía e incluso la falsedad, son muestras de un corazón atenazado por una simple (para el ser) y dolorosa (para el ego) elección: defender el disfraz de la  razón o estar en paz con uno mismo.

Los requerimientos del ego son grandes y pesados, costosos,  casi tanto como esa maravillosa corona de oro y su mantenimiento. Son el sacrificio constante del verdadero Ser, de lo que realmente somos,  por el personaje que nos convence de su potencial pero del que no tenemos muy claro el precio que hay que pagar por su servicio.

He visto detrás de elaborados razonamientos a un Ser que llora por su necesidad de cariño; he visto cómo se convierten en una acalorada discusión los reproches pasados de un par de personajes que tratan a toda costa de ocultar el miedo a ser abandonados; he visto cómo se rompen huesos por no doblegarse ante la propia verdad; he visto cómo se extravía un Ser por la necesidad ciega de otorgar todo el protagonismo a un arquetipo; he visto cómo se jacta un personaje de sus méritos para solapar el enloquecedor sentimiento de vacío; he visto cómo ese mismo vacío es tratado de llenar con logros ajenos. Y todo ello en nombre del orgullo.

Entonces, de esta manera tan meridianamente absurda, vamos escalonándonos en el podio de esta obra sin percatarnos de que, a fin de cuentas, lo que el orgullo parece darnos, el ego se lo queda y lo utiliza como materia prima para  consolidar  la pretérita escisión que el ser humano lleva dentro.

 

“Que nuestro orgullo sirva para recordarnos que no lo necesitamos.”

Ermelinda

 

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