Onirismos y otras realidades

Más allá, mucho más allá…

Hay un lugar lejano, muy lejano, que matiza de azul mis memorias. Cuando cierro los ojos puedo palpar perfectamente el contorno de una bruma suave y tibia, creo que mezclada con algo que podría asemejarse a la calima, de color azul, azul celeste.

El sonido plano se expande en dos direcciones a la vez.No, en tres… Hacia ambos lados y hacia delante. Pero no sube, sólo se deja elevar por el calor de sus propias notas tonales. He explicado cómo se mueve pero no de dónde viene. Y viene del pasado y del futuro, de delante y de atrás. Le acompaña una especie de luminiscencia que guarda un significado. Y digo guarda porque aún no he podido descubrirlo, pero algo me dice que está a la vista. Sé que hay quien lo sabe. No lo he comprobado, pero lo sé. Lo sé perfectamente.

Como luciérnagas y colibríes, las emociones revolotean alrededor de la impresión que esa estampa les causa. Una estampa sin tiempo, atemporal, dueña del espacio. Aunque más que dueña, diría que es el propio espacio siendo consciente de sí. Y yo lo contemplo, porque lo siento. Y lo palpo. Es esa neblina azul mezclada con calima, que lo contiene todo.

Ahí, en ese punto o en ese lapso espacial, no sé nada de mí porque lo sé todo. Y no es ya ese ego que despiadado intenta abrirse paso para darse forma a golpe de esfuerzo. En medio de la bruma azul no tiene cabida eso, no hay de eso. Ocupa demasiado para tal dimensión. Simplemente, no se sostiene porque  no es.

El estado que permite el espacio azulado es el de ser. Sólo ser, sin materia. No estoy segura, pero lo sé. La vibración es muy alta, veloz. Creo que me lo susurra el Este, sí. Es el Este. En el Este se conjugan aún mis sensaciones, como destellos electromagnéticos.

Mis sentidos aún no han concluido su mutación y tan sólo puedo guiarme por mi intuición, que a estas alturas me confía el camino para trazar el mapa a imagen y semejanza de la vibración. Mas no un mapa de esos que tienen el sentido de indicar cómo llegar a un lugar, sino un mapa que te muestra dónde perderte a conciencia, donde no ir, donde dejarte guiar.

La niebla azul atraviesa mi ser, está tibia. Sigue su camino, que es el mismo que el mío. Porque soy ella. Y la vuelvo a contemplar sintiéndola, con los ojos de la impermanencia, durante un larguísimo, casi eterno, segundo. Avanza hacia el mismo Este, ese Este que se pliega sobre sí mismo y del que emerge un punto cardinal que para mi sorpresa, son todos los puntos cardinales a la vez, y ninguno. Así es; ahora lo veo. Pues allí donde hay algo están todos los algos, porque mi atención crea la existencia, y también la nada. La nada inmensa y bella. Y todas las posibilidades conocidas y que no conozco se dan forma en mi conciencia.

Y mi conciencia es azul, como una suave y esponjosa niebla mezclada de calima. Tibia y con sonido, un sonido que viene del Este.

 

 

 

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