El Proyecto del Ser humano

 

«Cada cosa pa su cosa», solía decir mi abuela, con un gesto de asombro y asimilación, cuando se percataba de que la función de algo no la podía llevar a cabo otra cosa que no fuese aquella para lo que estuviese diseñada.

Es bastante natural admitir y comprobar que una lata de atún se abrirá con mayor diligencia y efectividad por medio de un abrelatas que de un martillo y un escoplo. Pero algo tan simple y lógico como eso, que aparentemente nose le escaparía a nadie, se difumina y se confunde cuando se trata de las personas y de su mundo interior, o para ser más precisos, de sus aptitudes.

Es curioso cómo a pesar de la inteligencia innata del ser humano este sigue desconociendo o ignorando sus propios movimientos, haciendo fuerzas para lograr encajar la pieza del puzzle en donde no va. No sólo porque no sea de la misma forma sino porque, en este caso, el molde se tomaría a partir de  sus inclinaciones esenciales, es decir, de su configuración interior. Y la mayoría de las veces, este va en la dirección opuesta a la que le indica su propio ser.

Esto ocurre porque pensamos que aquel, al que aparentemente  se le ve radiante y próspero como actor, funcionario o ilusionista, tiene la clave de la felicidad; y no es otra que dedicarse a eso. Entonces, la mente, que es brillante y racional, que cree fervientemente en lo que ve, nos convence de que esa es la receta del triunfo. Un triunfo que muchas veces se superpone a nosotros mismos, dejándonos marginados por el camino al no tener absolutamente nada que ver con nuestro diseño original.

Y es que, no se trata de imitar el modelo de felicidad que tiene aquel, aunque quede verídicamente constatado porque salte a la vista, sino de adivinar para qué sirvo, para qué estoy diseñado, cuál es mi misión personal. Porque existe, es tan real como mis manos que teclean estas letras y ni siquiera hace falta devanarse los sesos para averiguarlo. Y no hace falta devanarse los sesos porque no tiene que ver con la mente, con lo que cree que es lo mejor para mí, lo que me conviene dadas mis circunstancias, sean familiares, culturales o coyunturales.

No hace mucho leí que uno de los actos más sencillos para conectar el raciocinio con el propósito interior es situar las manos sobre el pecho, más o menos a la altura del corazón o el timo. Pensar lo que se siente, escuchar al yo de dentro, sin darle directrices. Y es ahí y no en la cabeza donde reside el impulso que nos levanta de nuestra letargia y activa nuestras facultades, nuestras aptitudes.

Unas veces, se solapan por conveniencia, otras por miedo a que no nos aprueben. A veces, incluso, hasta por temor a que nuestra pasión se desate y altere la linealidad de nuestras existencias. Sea como fuere, el miedo con todas sus facetas es el que está detrás de nuestra propia ignorancia, la ignorancia de nosotros mismos y de que nuestro don quede velado tras una cortina de convencionalismos y resignación políticamente bien vista, incluso celebrada.

¿Acaso no existen cientos de ejemplos, además empíricos, que confirman la importancia y necesidad de la exclusividad en las funciones de todos y cada uno de los elementos de la vida en la Tierra? De la misma forma que esos elementos precisan de su unicidad para que la vida marche correctamente, el ser humano está diseñado de forma exclusiva por el mismo motivo. Porque cada uno de nosotros tiene una función única que desempeñar para que la existencia sea óptima.

Darse el espacio merecido por derecho para desarrollarse, desarrollar las destrezas, los dones, las pasiones, es el acto y la prueba de amor más inmensos que el ser humano puede hacer por sí mismo y por la humanidad. Por eso se dice que el amor es el motor del mundo; porque el amor es el único que permite que todo sea posible para que todo funcione.

 

“La tarea principal del ser humano es la de darse a luz.”

Erich Fromm

 

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