Las diferencias: señales de abundancia

 

Qué maravilloso es poder sentir aún la capacidad de asombro ante la diversidad del planeta Tierra. Cómo una tímida vocecita se deja escuchar aquí dentro que le encantaría contemplar in situ esa belleza paisajística, esas de las pocas selvas húmedas y frondosas que quedan, bañarse bajo las cascadas, sentir el viento seco y cortante en medio del desierto, captar los aromas extraños de un populoso mercado oriental o extraviarse a conciencia por los entresijos de una inmensa ciudad.

Lo llamativo de esa sensación, la capacidad de asombro, es que radica en observar con ojos nuevos y sin ideas preconcebidas algo que se sitúa ante nuestra trayectoria visual. Pero es más llamativo aún cómo el ser humano no siente la misma estima cuando lo nuevo es considerado una diferencia irreconciliable que esté en el entorno de su persona.

Ah, sí… El tema cambia radicalmente cuando sentimos que lo nuevo puede alterar nuestra condición imaginaria de equilibrio. Y es que en este punto queda patente que las diferencias nos son desconocidas y lo desconocido, es una amenaza.

Empecinados en querer que todo sea como cada uno quiere, luchamos hasta la extenuación por el ancestral impulso biológico de hacer familiar y cómodo lo que nos rodea para que así sea más fácil el apego. Tu forma de ser distinta a la mía, tus gustos distintos a los míos, tu manera de hablar distinta a la mía, tu manera de ver la vida distinta a la mía, tu forma de amar distinta a la mía, tu manera de pensar distinta a la mía, tus aptitudes distintas a las mías, tu modus operandi distinto al mío… y una infinita lista de diferencias que golpea nuestro particular entendimiento de la existencia y nos hacen, a nuestro parecer, desdichados y solitarios.

Y porque estamos programados de esa manera, cada vez que se hace patente la diferencia, surgen los conflictos; obcecados, nos enfadamos y luchamos racionalmente (sí, racionalmente), por imponer nuestra personalidad. Y sufrimos, si eso no es posible. Sin embargo, cuando por la fuerza lo logramos, también sufrimos, aunque no nos demos cuenta.

Ante esa inexplicable insatisfacción, la mente nos ofrece dos opciones: aceptar con rebeldía nuestras diferencias y seguir intentando su imposición o resignarnos y adaptarnos junto a la multitud que en su intento de no quedarse sola se auto-convence de que hay que andar por la misma cadena de montaje.

La absurda inclinación de catalogar como malo lo que tal vez no sea lo más relevante en nuestra persona o lo que no es distintivo de nuestra persona, es lo que nos conduce a incomodarnos con la esencia de cada cosa y, por ende, con los “distintos” (y en última instancia, con nosotros mismos). ¿No es, acaso, lo que detestamos en el otro una reminiscencia de lo que podríamos ser si nos apeteciese, si nos lo permitiésemos? Y, ¿qué hay realmente de malo en ello?

La inconsciencia nos conduce a condenar lo que enriquece la vida y a nuestros sentidos que  la captan sin juicio, obligándonos a ser o a mostrarnos como ya conocemos y calificando equivocadamente las rarezas que enriquecen la vida.

No obstante, existe una tercera opción que la mente prefiere descartar de inmediato. Y es la posibilidad de ver las diferencias como manifestaciones de abundancia, de riqueza interior.

Las diferencias no están diseñadas para amenazar nuestra estancia en la Tierra, sino que son como la inmensa paleta de colores que sirve para matizar de forma específica a cada ser, como los múltiples elementos esenciales que nutren a un ser, como las infinitas combinaciones celulares que posibilitan la creación de un ser. Son todo lo que existe, todo lo que somos.

No comprender qué son realmente las diferencias nos empobrece considerablemente. Si por un instante eligiésemos no “mentalizar” o, mejor dicho, no juzgar lo que los sentidos captan por primera vez, esas peculiaridades que observamos en los demás no serían tomadas como contratiempos sino como nuevas posibilidades que, de darles su espacio, ampliarían nuestros horizontes e incrementarían nuestro patrimonio interior. Porque al estar dispuestos a aceptarlas, avanzaríamos rumbo a nuestra propia aceptación.

 

“Nada sobra, nada falta. Esa es la verdadera abundancia.”

Ermelinda

 

 

También puedes leer:  Aprendamos a vivir juntos enriqueciéndonos con nuestras diferencias (http://lamenteesmaravillosa.com).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s