La infatigable búsqueda de aprobación

 

Siento que es una llave, una llave universal que abre todas las puertas. La sensación corporal que experimento cuando la obtengo no tiene comparación. Me siento fuerte, capaz, como sostenida por una energía benévola y poderosa que me permite, que me deja entrar con una sonrisa, que me da El consentimiento.

Me pregunto si seré merecedora de ella. No sé qué hice bien el día que la recibí, la verdad no lo recuerdo. Pero se me antoja que hay que ganársela, hay que lucharla, hay que sufrirla. Sí, así la obtendré.

Voy a invertir lo que sea preciso para conseguirla, y voy a ponerme a ello ya. Pero, ¿dónde fue que di con ella?

Ah… Sí. Ese es el único inconveniente que tiene: no la puedo fabricar yo. Depende única y exclusivamente de los demás. Pero su precio bien lo vale, y merece la pena pagar por ella, cueste lo que cueste.

No concibo mi vida sin ese preciado pase, más que nada porque sin ella no voy a ningún lado, ni podría lograr nada de lo que me propusiese.

Y, ¿qué decir de lo que a cambio obtengo de los demás? Agrado, simpatía, aprecio, respeto, importancia… el pack completo. Sí, definitivamente es un elemento que ha de ser accesible siempre porque me permite estar en garantía, es el sello de garantía de mi persona.

Pero, ¿y si por algún motivo no puedo conseguirla, bien sea porque dejo  de ser merecedora de ella, quien me la tenga que dar no esté en sintonía conmigo o, peor aún, no sepa cómo ganarme a las personas y serles fiel? Oh, no… Eso sería mi perdición, sería mi destrucción. ¿Cómo puedo asegurarme de que los demás siempre me darán su aprobado?

Esto es de locos; que algo a priori tan firme y seguro pueda dejar de serlo por su condición tan relativa, tan oscilante, tan externa me llena de dudas. Hace que me  replantee si los beneficios de la aprobación son tan veraces como parece, como me hace creer mi mente. Si será cierto, ya no que me asegure la buena disposición por parte del sistema, sino que es así como se consigue la felicidad. Y ahora caigo en que, si el equilibrio que genera la aprobación fuese legítimo y duradero, no se esfumaría si en algún momento no me aprobasen, como he podido comprobar tantas veces.

Me está siendo muy duro reconocerlo pero, la aprobación tiene toda la pinta de ser la hipoteca del ego, un cómodo “páguese a plazos” extenuante que se cuantifica en proporción al amor propio restante. Un trueque entre el valor incalculable del ser por un mísero «venga, vale» junto a  una sonrisa apática.

Si esto es así, significa que cada uno busca la aprobación en el otro y que ese otro también la busca en mí. Y al final todo se reduce a creer que, en verdad, la valía propia ni existe ni es incalculable si no es a cambio de algo, que normalmente exige abandonarla y sustituirla.

Ahora caigo que ese es un precio demasiado elevado por unas caprichosas y efímeras sensaciones de bienestar para el ego.

Y es atrozmente liberador caer en la cuenta de que me he pasado todo el tiempo cometiendo el error de luchar por ganarme la felicidad de otros y creer que es la mía, o lo que es lo mismo, llevando a cabo la infatigable búsqueda de la aprobación.

 

“No es la aprobación del otro lo que precisamos, sino el permiso de dejarnos ser. Y esa llave sí abre todas las puertas.”

Ermelinda

 

 

También puedes leer:  ¿Por qué buscamos la aprobación del afuera?  (Florencia Lozada, http://www.universoshanti.com/).

O, tal vez:  Cuando soy yo mismo, todo va mucho mejor (http://lamenteesmaravillosa.com).

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