Conversaciones con una emoción

 

—Lo que me faltaba. Si éramos pocos… Ahora te toca aparecer.

—Hola  —dijo la emoción, con un aire de reverencia y una sensación que podría pensarse que son sus manos unidas.

—¿Hola? Pero si no necesitas que te invite, ni que te avise, ni… ¡Nada! ¿Insinúas irónicamente que estoy siendo descortés? ¿Cuándo has tenido tú la decencia de, como mínimo, prepararme para tus exabruptos?

La emoción no hizo caso al comentario del muchacho; ni siquiera se le ocurrió que el desaire tuviese que ver con ella.

—Tengo que contarte algo.

—¿Así? ¿Sin más? ¿Ni un «vale más que te agarres porque vienen curvas»? ¿Te parece que estoy como para que me vengas con tus característicos contenidos?

—Es que yo sé por qué estás así…

—Pero, ¿qué vas a saber tú lo que me pasa, si te dedicas a decorar mi ánimo con rabia, con desasosiego, con frustración? ¿Cómo puedes saber lo que me pasa? ¿Ahora te preocupas por mí o te lo contó Laura? Tuvo que ser ella, es una bocazas… ¡No se calla nada! ¡Me vacila! ¿Ves? ¿Ves lo que te digo? Una estupidez, una estupidez que tú ya sabes y porque eres tú me enervas, me desconciertas ¡y me cabreas!

—Sé que yo soy todo eso que sientes. Lo sé. Y yo vengo a ti para que lo veas, para que entiendas por qué, en verdad, eres tú el que me has llamado.

—Jajaja… —rió el muchacho de estupefacción—. Lo que me faltaba es que me echaras a mí la culpa de que me de tanta rabia las cosas que me pasan con Laura. ¿Qué, si no, voy a sentir ante tal panorama?

—Rabia.

—Y, ¿entonces? ¿Quieres volverme loco tú también? ¿Te has compinchado con ella para hacerme la vida imposible?

—Lo que sientes es una expresión necesaria para que comprendas que, cuando aparezco es porque me necesitas. Me necesitas para descubrirte —dijo la emoción, con un tono enrojecido en sus contornos. Al muchacho le hervía la sangre literalmente. Que una emoción tan exasperante como la rabia le viniera a hacer responsable sólo a él de lo que le ocurría por motivos sentimentales era el colmo de su mal día. Sin embargo, era tal la impotencia y aturdimiento que se limitó a apretar su mandíbula con fuerza mientras aquella se expresaba—. Tú mejor que nadie sabes que, si estás en paz, no vengo. Lo hago en aquellos momentos que te tocan las narices. Y si me sientes es porque algo ocurre en ti. Nada más. No tiene que ver con Laura, ni sus cosas. Sólo contigo.

—Y, ¿qué me pasa? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué pierdo los papeles de esta manera cuando apareces? —preguntó el muchacho a la emoción algo más receptivo a las vibraciones de aquella.

—Porque no escuchas los mensajes que te envío y que se refieren a ti. Los dejas estar, los acumulas y luego erróneamente crees que son los demás o las circunstancias los causantes de tu tormenta interior. Cuando algo te incomoda no es para que lo ignores por medio de la resistencia, sino para que revises por qué lo sientes así. De este modo, no llegarías a estos extremos de confusión queriendo erradicarla a golpe de enfados.

—Ya…  Lo sé —dijo el muchacho sin poder aguantar el llanto—. Pienso que puedo estar a la altura de lo que me exijo sólo si dejo al margen mis señales y lo que consigo es un torbellino silencioso que al final sólo está reclamando mi propia atención.

—Así es.

 

“Porque tú eres tus emociones, abrázalas, como si alguien te abrazase a ti y a tus tormentas.”

Ermelinda

 

 

lake-2047376_960_720

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s